El Mejor Invento, Umberto Eco

El Mejor Invento, Umberto Eco

El Mejor Invento, Umberto Eco


Hace mil años estábamos en plena Edad Media, pero la Edad Media es un convencionalismo escolar y lo es hasta tal punto que en algunos países como Italia se habla de Edad Media para el siglo de Dante y Petrarca, mientras que en otros países para esos años se habla ya del Renacimiento.  Diremos, para aclarar un poco el hecho, que hay al menos dos Medievos, uno que va desde la Caída del Imperio Romano (siglo V d.c.) hasta el final del primer milenio (o bien  hasta el renacimiento carolingio del siglo IX) y otro que va al menos hasta el siglo XV (aunque se habla del Medievo tardío en Borgoña cuando en Florencia se habla ya del Humanismo, por tanto de la época moderna).  Así pues la Edad Media anterior al año mil merece el nombre de Edad Oscura que se ha usado por casualidad para todos los siglos que van del V al XIV d.c., pero no porque estas Edades hayan estado llenas de piras, porque las piras ardían incluso en los muy civilizados siglos XVII y XVIII (recordemos la Letra Escarlata), ni porque se cultivasen creencias supersticiosas, porque en cuanto a supersticiones la New Age no se queda atrás, sino por otras razones.  Las invasiones de los bárbaros, que durante algún siglo golpearon Europa, poco a poco destruyeron la civilización romana: las ciudades se despoblaron  y se convirtieron en ruinas, las grandes calles no se arreglaban y desaparecieron bajo la maleza, se olvidaron las técnicas fundamentales como la extracción de metales y de la piedra, se abandonaron los cultivos y al menos hasta la reforma feudal de Carlo Magno, zonas enteras agrícolas volvieron a convertirse en bosques.  En este sentido la Edad Media antes del año mil era un periodo de indigencia, de hambre, de inseguridad.  Como ha indicado Jacques le Goff (en su hermosa obra La Civilización del Occidente Medieval, rica en observaciones sobre la vida material del Medievo) circulaban muchas historias de intervenciones milagrosas en las que un santo apareció de repente y recuperó una hoz que se le había caído al campesino en un pozo.  Historias de este tipo nos hacen entender que en una época en que el hierro era un bien escaso (además los instrumentos eran de madera), la perdida de una hoz podía significar la imposibildad de trabajar en el campo, porque la hoja de la hoz no se habría podido sustituir.  La población, menos numerosa y menos fuerte, era “segada” por enfermedades endémicas (tuberculosis, lepra, úlceras, eccemas, tumores) y por terribles epidemias como la peste.

Siempre es difícil hacer cálculos demográficos de milenios pasados, pero según algunos, Europa quedó reducida en el siglo VII a 14 millones y medio de habitantes, otros hablan de 17 millones en el siglo VIII.  Había poca gente que cultivaba la tierra, poca tierra cultivada que alimentaba a pocas personas.  Pero cuando nos aproximamos al milenio, las cifras cambian, y algunos hablan ya de 22 millones y medio en el 950 y otros de 42 en el  mil.  En el siglo XIV la población europea oscilaba por tanto entre 60 y 70 millones.  En cualquier caso, aunque la cifra sea distinta, en una cosa están todos de acuerdo: a la vuelta de cinco siglos la población europea se dobla o triplica y el aumento se inicia después del Mil.  A qué se debió el florecimiento de Europa después del año Mil es difícil de decir, porque después del siglo XI y del XIII tuvieron lugar transformaciones radicales en la vida política, en el arte en la economía y como veremos en la tecnología, hasta el punto de que alguien ha hablado de la “primera revolución industrial”.  Este nuevo resurgimiento de la energía física y de las ideas lo apreciaron los contemporáneos y es famoso un pasaje del monje Radulphus Glaber.  El cual nace a finales del primer milenio y empieza a escribir su historia casi treinta años después.  Radulphus que no tenía una visión muy optimista de la vida, vio que se le aparecía con frecuencia el diablo y habla de una hambruna del 1033, donde describe terribles episodios de canibalismo entre los campesinos más pobres, de algún modo advierte que con el año Mil está llegando algo nuevo al mundo y las cosas, que hasta entonces habían ido mal, tomarían un giro positivo.  Así estalla en un pasaje, casi lírico, y que  se hizo famoso en los anales del Medievo, donde narra como al final del milenio la tierra florecería de golpe como un prado en primavera: “Era el tercer año después del Mil cuando en el mundo entero, pero especialmente en Italia y en la Galia, se produce una renovación de las iglesias basilicales…  Cada pueblo de la cristiandad se esforzará para tener la más hermosa.  Parecerá que la tierra misma, como sacudiéndose  y liberándose de lo viejo se revistiese toda con un blanco manto de iglesias” (Historiarum III, 13).  Es el florecimiento del Románico (de esto era de lo que hablaba Radulphus) ocurría de repente en el 1003: Radulphus más que como historiador habla como poeta.   Pero está hablando de una rivalidad de poder y prestigio entre varias ciudades, está hablando de una nueva técnica arquitectónica, está hablando de un florecimiento económico, porque no se construyen iglesias abaciales sin disponer de riqueza.  Está hablando de una iglesia concebida  como más grande que las anteriores porque evidentemente tenían que acoger a una población más numerosa…

Ciertamente se podrá decir que con la reforma de Carlo Magno, con la reconstrucción del Imperio germánico, con el florecimiento de la ciudad y el nacimiento de la burgesía, también la situación económica mejora.  ¿Pero no se podría decir igualmente lo contrario, es decir que la situación política evoluciona, que la ciudad renace porque la vida cotidiana y las condiciones del trabajo mejoran?

En los siglos anteriores al año Mil se fue adoptando poco a poco un sistema trienal de rotación de cosechas  para que el suelo tuviese mejor rendimiento, pero para cultivarlo se necesitan aperos y animales de tiro.  Se introdujeron animales a principios del Mil se herraron los caballos (antes se les ponían trapos) y se les pusieron estribos.  Aunque esto último era más para los caballeros que para los campesinos.  Para los campesinos era de hecho fundamental la invención de una nueva collera ya sea para el caballo o para el buey –y para cada animal de tiro y de carga en general.  Antes la collera del animal hacía que todo el esfuerzo recayese sobre los músculos del cuello, comprimiéndole la tráquea.  Ahora la nueva collera hacía que el esfuerzo recayese sobre los músculos pectorales.  Este cambio aumentó al menos en dos tercios el rendimiento del animal y permitió sustituir para ciertas labores al caballo por el buey que resistía mejor la antigua collera, pero era más lento.  Por otra parte, mientras que antes se ponía la yunta en horizontal, ahora se ponían en fila india.  Esto aumentaba considerablemente la capacidad del tiro.  En el mismo siglo cambia la técnica del arado, que ahora tiene dos ruedas y dos cuchillas, una para cortar la tierra y la otra para removerla (arado de reja). Esta “máquina”  ya la usaban los pueblos nórdicos desde el siglo II a.C., pero no se difunde por Europa hasta el siglo XII.  ¿Sería exagerado decir que en la historia de las fuentes de energía este nuevo sistema se podría comparar con la invención de la máquina de vapor?

Pero de lo que quiero hablar es de las judías, y junto con las judías también de los guisantes y de las lentejas.  Todos estos frutos de la tierra son ricos en proteína vegetal, como si cualquiera intentase someterse a una dieta pobre en carne y el dietista le dice que un buen plato de judías o lentejas equivalen a un buen filete de dos dedos de alto.  Los pobres en aquel remoto Medievo no comían carne, a menos que consiguiesen criar algún pollo o cazasen algo (porque la caza de los bosques estaba reservada a los señores).    Por tanto los pobres estaban mal alimentados, eran delgados, enfermos, de estatura baja y no podían mantener bien los campos.  En el siglo X se empieza a extender el cultivo de las legumbres, y éstas pueden satisfacer las necesidades energéticas de una persona que trabaja.  Aumenta el aporte de proteínas, se vuelven más fuertes, aumenta la esperanza de vida, nacen más niños, Europa se repuebla.

Pensamos que los inventos y descubrimientos que han cambiado nuestra vida se deben a máquinas complejas, al estudio organizado de sabios austeros en el interior de centros de investigación, pagados por fundaciones o por el gobierno.  Pero si nosotros estamos ahora aquí, quiero decir nosotros los europeos, descendientes de nuestros ancestros, incluso los americanos de las tres Américas, hijos de los Padres peregrinos o de los conquistadores españoles, esto se debe a las judías.  Sin las judías la población europea no se habría duplicado en pocos siglos, hoy no seriamos miles de millones y alguno de nosotros, incluido los lectores de este artículo, no existiríamos.  Algún filósofo dijo que sería mejor, pero  no estoy seguro de que todo el mundo esté de acuerdo. ¿Y los no europeos? No conozco la historia de las judías en otros continentes, pero ciertamente, sin las judías europeas, incluso la historia de esos continentes habría sido otra cosa, como la historia comercial de Europa habría sido distinta sin la seda de China y las especias de la India.

Sobre todo me parece que esta historia de las judías es importante incluso para nosotros hoy.  En primer lugar, se dice que debemos tomarnos en serio el problema ecológico.  En segundo lugar, sabemos desde hace tiempo que si en occidente comiésemos el arroz sin moler (integral – que está tan rico), consumiríamos menos y lo que sobra se enviase al tercer o cuarto mundo, sería suficiente para salvar la vida de millones de personas.  Y por tanto una política de las judías (o de los guisantes) podría cambiar la dirección del planeta.  Pero, ¿quién piensa en estas cosas?   Todos dirían que la mayor invención del milenio ha sido la televisión, o el microchip.  Sin embargo deberíamos aprender a aprender alguna cosa incluso de las Edades Oscuras.

Umberto Eco

Corrier della Sera – New York Times Magazine.