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A pesar de sus méritos indiscutibles, de
hecho, el garbanzo jamás obtuvo los honores
de la literatura ni ha accedido a la mitología.
¿Acaso sea por sus orígenes modestos?
Es poco probable que así sea, ya que el
haba, nacida como él en la familia de las
leguminosas, ha hecho una brillante carrera en
el mundo de los símbolos. Incluso ahora,
representa las primicias de la tierra, la ofrenda
de los muertos a los vivos, el embrión,
como nos lo recuerda cada año en la Epifanía,
el tradicional roscón de reyes.
¿Acaso el garbanzo, con sus vainas vellosas
y sus cuernecillos enrollados, que por otro lado
le han valido el apodo de "cabeza de carnero",
no ha sido muy mimado por la naturaleza?. Pero,
que yo sepa, las lentejas tampoco lo han sido
y sin embargo, según el Génesis,
para poder comerlas, Esaú, al volver de
una dura jornada de trabajo, cedió a Jacob
su derecho de primogenitura. Sin embargo, para
el garbanzo, ¡nada de nada! Sólo
se nos dice que prestó su nombre latino,
cicer, a la familia de Cicerón, quizás
porque ésta comerciaba con garbanzos, o
porque el célebre tribuno tenía
un grano muy feo sobre la nariz, en forma de garbanzo.
En ocasiones se recuerda una famosa disposición
de Carlomagno, que data de 812, en la que ordenaba,
entre otras cosas, el cultivo de pois en los jardines
imperiales. Sin precisar, sin embargo, si estos
pois habían de ser chiches o no, ni extenderse
demasiado sobres sus diferentes usos. (Si sólo
se habla de "pois" se puede aludir tanto
a guisantes, petits pois, como a garbanzos, pois
chiches).
De
todas maneras a pesar de la solicitud del rey
de los francos, es inevitable reconocer que,
en Francia, el garbanzo continuó siendo
la legumbre pero considerada, en cierta forma
una marginada, una advenediza. Situación
esta cuando menos curiosa dado que médicos
y botanistas coinciden desde la Antigüedad
en otorgarle poderes extraordinarios. En el
siglo XV, el polígrafo egipcio Suyutî,
en su Médecine du Prophète, las
resume en una sola frase, inspirada en los antiguos:
"El garbanzo es al cuerpo lo que la levadura
a la masa".
Es decir que levanta el organismo, en todos
los sentidos de la palabra, comunicándole,
como ya afirmaba Oribase, tres propiedades que
están en él: el calor, que excita
los deseos venéreos, la humedad, que
aumenta la simiente; el viento, que infla las
venas. De esa manera podemos comprender por
qué los griegos, aparentemente emulados
por los árabes, se lo daban a comer a
sus sementales. Quizá también
sea por ahí por donde deba buscarse la
relación entre la inclinación
que Carlomagno sentía hacia el garbanzo,
u otras especies afines, y su pasión
por las doncellas, que corroboran cuatro matrimonios
y una considerable colección de concubinas.
Stendhal, avispado observador del amor, debía
ignorarlo ya que anotó en su diario,
con fecha 25 de marzo de 1808:"Remedio
supremo contra el amor: comer garbanzos".
En ello veo la influencia nociva de los maestros
cocineros de su época, enemigos declarados
de las legumbres, como podemos constatarlo hojeando
el Dictionnaire portatif de cuisine, en el que
se hace caso omiso de los garbanzos. Probablemente
el pretexto era que, según la expresión
de Flaubert en La Tentation de Saint Antoine
entrañaban "digestiones estrepitosas".
Nuestro jeque Nafzâwî, seguramente
más perspicaz, aconsejaba a aquellos
de sus contemporáneos que tuvieran las
fuerzas menguadas, una poción a base
de garbanzos, cebollas y miel.
No
insistiré demasiado sobre este aspecto,
ya que aunque agradable, considero que hombres
y mujeres no sólo viven de afrodisíacos.
Incluso puede pasar que se dediquen a otras
actividades, entre ellas a cocinar, sin tener
que pensar forzosamente siempre en lo mismo.
Así pues, les invito a que, también
en esas circunstancias, no se olviden del garbanzo,
que podría procurarles sanas satisfacciones,
a condición, evidentemente, de saber
utilizarlos.
Los garbanzos deben obligatoriamente ponerse
en remojo durante doce horas o más en
agua tibia. ¿Hay que añadirles
bicarbonato? La controversia está en
su apogeo en los círculos especializados.
Desde luego hay quien lo exige, mientras otros
lo juzgan superfluo y estoy de acuerdo con ellos.
En cambio es necesario, incluso indispensable,
cuando deseen reblandecer sus garbanzos para
hacerlos puré o utilizarlos en una sopa,
echar mano del bicarbonato, pero durante la
cocción. Han de saber, sin embargo, que
también sobre este tema existe una dura
controversia entre los garbanzólogos.
Unos tras tirar el agua en que se pusieron a
remojar, los saltean en una olla unos cinco
minutos, primero solos, luego con una cucharadita
de bicarbonato y únicamente tras concluir
esta operación vierten agua hirviendo.
Pero según una segunda escuela, basta
con mezclarle bicarbonato con los garbanzos,
evidentemente remojados y escurridos, antes
de ponerlos a cocer en agua de preferencia hirviendo.
Otro motivo de discordias: ¿hay que pelar
los garbanzos? Y si es que sí, ¿cómo?
Por falta de espacio, no me entretendré
en ello, si bien es cierto que también
depende de lo que quiera hacer con ellos. Si
es hommos, no tenga cuidado, el bicarbonato
se encargará. Si es un plato en el que
los garbanzos deben permanecer enteros, por
lo tanto tiernos y consistentes a un tiempo,
le aconsejo encarecidamente que tras haberlos
puesto en remojo los extienda sobre una superficie
plana y los trastee un poco con un rodillo de
repostería. Vuelva a ponerlos en agua
tibia, y quedará sorprendido de la velocidad
con la cual se desvestirán, dejando flotar
sus incómodas túnicas.
Ahora podrían decirme: Todo esto está
muy bien, pero, ¿qué se puede
hacer con los garbanzos que no sea un puré,
utilizarlos en ensalada, o como un ingrediente
más del cuscús? Para contestar
precisamente a esta pregunta decidí finalmente
escribir, junto con mi amigo Robert Bistolfi
el gran Traité du pois chiche que aún
faltaba en la literatura gastronómica.
Incluye decenas y decenas de recetas, recopiladas
en el mundo entero y probadas con amor. A modo
de primicia les invito a probar en primer lugar
la Sopa
de pan de Damasco, plebeya donde las
haya pero condenadamente buena, La sopa tunecina.
llamada lablabi, con aceite de oliva y comino,
resulta interesante para los presupuestos ajustados,
al igual que la makhluta libanesa y el kuchari
egipcio, que combinan, una y otro, diferentes
clase de legumbres y cereales, o también
el falâfel levantino que en oposición
a la ta'miyya del valle del Nilo, incluye garbanzos
junto a las habas. Con el harira de nuestros
hermanos magrebíes, y especialmente marroquíes,
pasamos a un nivel muy superior, hasta tal punto
que podemos afirmar, con la conciencia tranquila,
que no existe en el mundo mejor sopa.
De Marruecos nos llegan también muchas
recetas de q'dra, entiéndase tajines
con smen (mantequilla clarificada), en los que
el garbanzo se combina a veces con almendras,
otras con arroz, o con patatas, o mejor aún,
con nabos. Nos recuerdan que nuestra humilde
leguminosa no tiene por qué ser necesariamente
un pariente pobre condenado a las pitanzas,
lo cual los cocineros árabes de la edad
clásica entendieron perfectamente, prueba
de ello era aquel suntuoso manjar que se atribuía
al príncipe Ibrâhîm ibn al-Mahdî
y que se conocía bajo el bello nombre
de 'achîqa ("amante" o "querida").
Incluía, principalmente, además
de garbanzos, espinacas, pollo o pato, carne
picada de cordero, todo ello enriquecido con
almendras, nueces y pistachos, aromatizados
con cilantro y realzado con agraz.
Recordemos, a título indicativo, los
pasteles populares hechos con harina de garbanzos,
ghraybé y los dulces en los que el garbanzo
tostado sustituye a la almendra o las semillas
de sésamo. Este mismo garbanzo, con el
nombre de qdâmé (del árabe
clásico qudâma), tostado, salpimentado,
azucarado o tal cual, hace mucho que se utiliza
para picotear en todo el área del Mediterráneo.
Así lo hacían alegremente los
romanos en los estadios mientras observaban
a los leones devorando a los cristianos. Lo
mismo hacemos nosotros frente a nuestros televisores,
y lo que miramos no es mucho más bello.
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