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No
me gustaría olvidar una legumbre que ha sido fundamental
en la alimentación humana, sobre todo en Occidente.
Me refiero a la humilde, nutritiva y calumniada lenteja.
La lenteja, que viene de la palabra latina lenticula,
fue uno de los alimentos predilectos en Egipto. De Egipto
pasó a Roma y fue muy apreciado por los poetas
antiguos. Así, Virgilio la alabó en sus
Geórgicas y Marcial en sus Epigramas. El naturalista
Plinio, que lo sabía todo con una ingenua suficiencia,
remarca que hay dos tipos de lentejas: una más
redonda, más pequeña y más negra,
y otra de la forma de una lenteja ordinaria, definición
que me parece traída por los pelos por su obviedad.
Pero Plinio, quien además de pretender saberlo
todo, se lo creía todo, loa las grandes virtudes
nutritivas de la legumbre y añade, con cierto misterio,
que "las lentejas tienen el inconveniente que perjudican
la visión".
Parece ser que, según los clásicos, la lenteja
era el plato principal de las cenas funerarias pues tenían
una curiosa condición, según Apiano de Alejandría,
que fue recaudador de las contribuciones romanas en su
país y escribía con la prosa metálica
y antipática del hombre que maneja demasiado dinero:
"Al comer lentejas de Egipto, el hombre se vuelve
alegre y divertido". En opinión de Apiano,
esta virtud de alegrar a los deprimidos, llorones y desesperados
fue la que incitó a los romanos a servirlas durante
las cenas de duelo familiar.
Las lentejas han tenido siempre muchos enemigos. La gente
de mi generación, la de quienes sufrimos la guerra
civil, recordamos con escalofríos unas lentejas
de pésima calidad, que la voz popular decía
procedentes de Méjico, y que fueron casi la única
alimentación de los últimos meses de la
guerra civil. Recuerdo que se las denominó "píldoras
del Dr. Negrín", un chiste bonachón
y precario, producido, imaginamos, por el progresivo debilitamiento
de quienes las comían.
Pero los auténticos enemigos de las lentejas fueron
los médicos de la época medieval. Efectivamente,
aquellos sabios creían que las lentejas provocaban
epilepsia y locura, creencia que casi ha perdurado hasta
nuestros tiempos. De pequeño conocí a un
médico rural y empírico que calzaba alpargatas
-motivo por el cual le llamábamos "doctor
Espardenyot"- que aconsejaba no dar lentejas a los
niños para evitar futuros trastornos mentales.
Las necedades que los galenos de las facultades de los
siglos XVII y XVIII llegaron a decir sobre las lentejas
podrían figurar en una antología del disparate.
Aquel sabelotodo, Gabriel Alonso de Herrera, en su libro
Obra de Agricultura (Alcalá 1513), afirma que las
lentejas "son frías y secas, engordan una
sangre melancólica, producen malas digestiones
y son espantosas para aquellos aquejados de epilepsia".
Como males menores, según Alonso de Herrera, producen
dolor de cabeza y, sobre todo, acarrean pesadillas espantosas.
Dañan la vista, producen estreñimiento -en
particular si han sido cocidas con agua de lluvia- y convierten
a los hombres más viriles en melindrosas féminas.
Igualmente, el doctor Luis Lobera de Ávila, que
fue médico de cabecera del emperador Carlos V y
lo acompañó por toda Europa, literalmente
delira al iniciar en su Banquete de nobles caballeros
(1530) el capítulo de las lentejas: "Las lentejas
comidas en mucha cantidad y durante mucho tiempo, son
melancólicas y producen lepra". Y todo esto,
que no son más que dislates, sin el menor fundamento,
la ciencia antigua lo aceptó al pie de la letra.
A mí me gustan mucho las lentejas, las como muy
a menudo y jamás he experimentado sueños
horrendos, ni he padecido epilepsia, ni me han provocado
indigestiones y no tengo ningún síntoma
de lepra. Las como de diversas formas, estofadas, como
acompañamiento de la caza (a la manera de la gran
cocina del imperio austrohúngaro), salteadas con
sobrasada y también en purés y sopas. En
este sentido debo subrayar que uno de los primeros restaurantes
del mundo, La Tour d'Argent, de París, presenta
con el nombre de "Potage Tour d'Argent" la mejor
receta de lentejas que conozco. Hay que decir que en la
preparación de este plato figuran las dos legumbres
que más me gustan, que son la alubia roja y la
lenteja.
Por cierto, acerca de este plato se recuerda la tiranía
del verdadero renovador de La Tour d'Argent, Frédéric
Delair. Antes de la guerra del 14, el gran duque Vladimir
de Rusia, acompañado de su mujer y de un impresionante
sequito, fue a cenar a la Tour d'Argent. Pidieron el puré
que lleva este nombre y que Frédéric consideraba
como una de las cosas más excelentes que habían
salido de sus fogones. El gran duque parece que lo apreció
con un admirativo silencio pero la gran duquesa probó
una cucharada, debió de encontrarlo grosero e indigno
de su paladar y, dejando la cuchara dentro del plato,
comenzó a charlar como un papagayo con sus acompañantes.
Entonces, ante el asombro de todos y sobre todo de aquel
vacía-botellas que fue el duque Vladimir -una docena
de champagne Clicquot en una noche en Maxim's-, Frédéric
se levantó y, tras retirar el plato de la duquesa,
dijo, tieso y glacial: "Alteza, con el debido respeto,
cuando no se sabe comer una sopa como ésta, mejor
no pedirla".
Se hizo un silencio impresionante, el gran duque tosió
como un búfalo, la gran duquesa pareció
dudar entre hacer azotar al insolente maître hasta
la muerte o fingir no haberlo oído; pero Frédéric
ya se alejaba. La duquesa agachó la cabeza y no
se habló más de ello.
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Extraído de:
Néstor Luján, "Diccionari Luján
de gastronomia catalana", Edicions La Campana,
Barcelona, 1990.
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